MI PARTO – SEGUNDA PARTE

Si tengo que resumir con una palabra o ponerle título a este post lo llamaría: COMPLICACIONES.

Pero no quiero adelantarme, empecemos por el principio.

Veintiocho de marzo de dos mil diecinueve, esa fue la fecha en la que finalmente me pondría de parto.

Esa noche estuve incómoda, me habían hecho la maniobra de Hamilton el día anterior (como os conté en el post donde os cuento la primera parte de mi parto), y esa noche tuve pequeñas contracciones, aunque pude descansar. Pensaba que no iba a poder dormir nada, pero sí, en la fase final del embarazo dormir era tan indispensable para vivir como el aire, y esa noche caí rendida como cualquier otra.

Esa mañana me levanté, terminé de meter algunas cosas de última hora en la maleta, me duché y me despedí de mi casa por unos días. Habíamos quedado con mis padres, hermano y suegros en el hospital. Llegamos un poquito antes y el Sr. Marido y la familia decidieron desayunar. En ese momento, yo ya estaba deseando entrar y empezar con aquello.

Cuando el Sr. Marido terminó de desayunar, nos dirigimos los dos hacia urgencias, que es por donde debíamos entrar. Allí, me exploraron, me pusieron los monitores y una vía. Estaba emocionada, todo empezaba en ese momento, sabía que no sería fácil pero quería vivirlo todo y saborearlo. Creo que justo esa actitud fue lo que hizo que viviera el parto como una experiencia increíble y preciosa, y no como algo doloroso y traumático.

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Al rato de estar allí los dos solitos, escuchando el latido del corazón de nuestro niño, vinieron a buscarnos para subir a la habitación. Allí nos reunimos con el resto de la familia. Me puse el camisón, me volvieron a explorar y nos informaron de que me iban a poner un poco de Oxitocina para comenzar con la estimulación. Sabía que ahí empezaría lo heavy, porque había escuchado que las contracciones “de Oxitocina” eran más dolorosas. La verdad, noo sé como serán otras contracciones, pero las mías empezaron de golpe y fuertecitas.

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La matrona me trajo la pelota de pilates, pero debido a la Oxitocina, querían tener controlado al niño constantemente con el monitor.Estando sentada en la pelota, el monitor perdía las constantes del niño cada dos por tres, así que decidieron tumbarme. Esto fue lo peor, el dolor tumbada era mucho menos soportable. Cuando las contracciones empezaron a ser dolorosas, me ofrecieron la epidural. Yo ya había comentado anteriormente que me la quería poner, es más, siempre había hecho la gracia con mi entorno y mi ginecóloga que yo cuando llegase de parto al hospital en vez de: “Mire, vengo porque me he puesto de parto”, diría: “Mire, vengo a ponerme la epidural”. Pero en ese momento, aún con contracciones dolorosas quería saber hasta dónde podía llegar (absurdeces innecesarias).

Sobre la una de la tarde, después de una exploración, seguía estando dilatada de dos centímetros, y decidieron romperme la bolsa. Una sensación extraña la verdad. Tenía muy poco líquido (otro de los motivos para que el parto no se pudiese demorar más semanas), hasta la matrona dudaba de si me había roto la bolsa o no, pero sí, estaba rota. Me advirtieron que con la bolsa rota empezarían a ser aún más dolorosas las contracciones, y de nuevo me ofrecieron la Epidural. La rechacé porque consideraba que podía aguantar un poco más.

A las cuatro, aproximadamente, ya no podía más, necesitaba la epidural urgentemente, había llegado al límite después de casi cinco horas de contracciones. Me vine abajo cuando me dijeron que apenas había dilatado un centímetro, en ese momento pensé que me quedaba aún mucho. Es curioso, ahora que caigo, en ningún momento pensé que acabaría en cesárea, era algo que ni contemplaba, y no sé por qué.

No tenía miedo a la epidural, pero sí respeto. Os puedo decir que prácticamente no me enteré. A los cinco minutos de ponérmela el dolor se había ido y yo era plenamente feliz.

Pero mi felicidad dura poco porque a las dos horas la epidural se empieza a “lateralizar”, o sea, que empieza a despertarse el lado izquierdo de la pierna y la tripa, y empiezo a notar todo el dolor. Avisé a la matrona de que el efecto se estaba pasando, me exploraron y seguía estando de tres centímetros, no me lo pensé y pedí que me pusieran más. Esos quince o veinte minutos entre que lo pedí y subieron a ponérmelo fueron infernales, me agarraba a cualquiera que pasase por allí y les decía que no podía más, que necesitaba urgentemente más epidural, sí sí, tipo película.

Cuando subieron y me pusieron la epidural fue como ver el cielo otra vez. Es increíble el efecto que hace y lo que alivia cuando estás así. Eran las siete de la tarde y llevaba ya ocho horas con contracciones. Me vuelven a explorar y por fin había avanzado algo, estaba ya de seis centímetros.

Tengo la teoría de que ese momento de dolores sin epidural ayudó a que pasase esa barrera de los tres centímetros y dilatase más rápido.

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Momento después del “chute de epidural” (fijaos la diferencia de cara)

Sobre las nueve de la tarde empiezo a notar de nuevo dolor, esta vez en toda la tripa y las piernas, avisan a mi ginecóloga y me explora, seguía estando de seis centímetros. Entonces, mi ginecóloga me dice: “Sara, me voy a cenar, no tardo nada, si hay cualquier cambio me llaman y vengo corriendo”.

Antes de irse, mi padre le pregunta a la doctora si cree que el niño nacerá el veintiocho o el veintinueve, a lo que ella contesta que se inclina más por el veintinueve.

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Al cabo de diez minutos veo que el dolor empieza a intensificarse mucho y llamo a la matrona dispuesta a pedirle más epidural. Para mi sorpresa, mi ginecóloga aparece de nuevo por la puerta y me dice que ya se iba pero que, por si acaso, va a volver a explorarme.

¡Sorpresa! ¡Dilatación completa!

Entre dolor y dolor alucino en colores con la noticia. No obstante, había un pero, el niño tenía la cabeza ligeramente torcida y tenía que ponerla recta para poder introducirse correctamente por el canal del parto. Durante una hora me colocan en una postura “imposible” y monitorizan al niño poniéndole un electrodo en la cabecita.

En ese momento tenemos el primer susto: las constantes del niño bajan una y otra vez y en un momento dado perdemos el pulso. Veo las caras de preocupación de matrona y ginecóloga y me muero del miedo. Os aseguro que fueron unos segundo horribles. Cuando por fin lo encuentran de nuevo, el Sr. Marido rompe a llorar, ¡demasiadas emociones!.

Sigo con dolores, noto cada contracción cada vez más, pero la matrona me dice que en ese punto del parto no es aconsejable poner más epidural y yo decido que soy capaz de terminar sin ella.

Después de una hora en esa postura y de practicar los pujos con la matrona para paliar el dolor de las contracciones, ¡Es el momento, bajamos a paritorio!

Una vez allí, casi no le doy tiempo a la doctora a vestirse. Empujo con todas mis fuerzas, con toda mi alma, como si llevase toda la vida haciéndolo. El dolor pasa a un decimo quinto plano y ya solo estamos mi marido, mi bebé y yo.

Tengo que ser fuerte, tengo que darlo todo porque me espera la mejor recompensa del mundo (os confieso que en este momento estoy muy emocionada de recordarlo). Y tras tres o cuatro pujos sale DE MÍ, un bebé calentito, viscoso y precioso que no para de llorar.

Os aseguro que fue la mayor sensación de felicidad y orgullo que he sentido en la vida.

YO había hecho eso, YO había sido capaz de traer a mi hijo al mundo. YO, que tan poco me valoro muchas veces, YO, que tanto he menospreciado mi cuerpo en ocasiones, YO que a veces no he confiado en mí misma.

Y justo cuando me ponen a mi bebé encima, en ese preciso momento, empiezo a notar que la energía me falla, y no puedo expresar toda esa felicidad porque no puedo hablar, no puedo sacar la emoción que tengo, noto como poco a poco voy perdiendo la consciencia.

No sé si llegué a perderla del todo, según el Sr. Marido me quedé con la mirada perdida. Luego me confesó que se asustó muchísimo de verme así y de ver la reacción de los que estaban allí. En ese momento, empiezan a actuar, la matrona le da corriendo al Sr. Marido el niño, llaman a otra ginecóloga y empiezo a escuchar como dicen “diez miligramos de no sé qué”, “20 de no sé qué otra cosa”, “Rápido por favor”, “Llama a la Dra. X”.

En ese momento no fui consciente de que lo que tenía era una atonía del útero, que, básicamente, es que el útero no se contrae después de salir la placenta, lo que provoca una hemorragia. Por suerte, pudieron cortarla rápido y sólo me ha dejado como consecuencia una anemia que no consigo quitarme ni con bolsas de hierro intravenosas.

No os negaré, que tengo la espinita clavada de que  no hayamos podido vivir ese momento de otra manera, pero estas cosas no las elegimos y aún así doy gracias.

Os aseguro, que ha sido la experiencia más maravillosa que he vivido jamás, ninguno de los baches que nos encontramos durante este camino empañó ese momento. La palabra es MAGIA.

Cuando escuchaba a otras mujeres decir que su parto había sido maravilloso y que había sido una experiencia única, no podía imaginarme como algo que decían que era tan doloroso y duro podía dejar tan buen sabor de boca. Ahora lo entiendo, ahora sé por qué.

Las que ya lo habéis pasado, me entenderéis.

Las que lo vais a pasar, lo entenderéis.

“Dar a luz y nacer nos lleva hacia la esencia de la creación, donde el ser humano es valeroso e intrépido, y el cuerpo un milagro de sabiduría”

Harriette Hartigan

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MI PARTO – PRIMERA PARTE

Hace demasiado que no escribo, pero es que, por muy santo que sea mi hijo, sacar tiempo para sentarse delante del ordenador “tranquilamente” es difícil.

Hoy traigo un post muy especial, creo que muchos más que escriba, este siempre será el más especial.

Alguien me dijo que recordaría ese día en bucle durante un tiempo cuando diese a luz, y es cierto. Incluso he recordado detalles de los que no me acordaba semanas después.

En primer lugar os diré que para mí el tiempo pasó muy rápido, no miraba el reloj apenas así que, no os puedo decir con exactitud el tiempo transcurrido exacto ni tampoco la hora en la que pasaba cada cosa.

Pero, no quiero adelantarme, porque este parto “empieza” en la semana 37, cuando empiezan a hacerme monitores y a controlarme el cuello del útero.

En esta primera semana la dinámica como le llaman, o lo que es lo mismo, las contracciones y la frecuencia cardiaca del bebé, era normal. No tenía contracciones apenas y el niño estaba perfecto, por lo que mi gine me planificó el seguimiento para las  cuatro semanas siguientes, ese seguimiento eran los miércoles, monitores por la mañana y consulta con ella por la tarde.

Ese día que acudí a consulta y tras el primer tacto, pasé una noche “toledana”. Empecé con bastantes contracciones y bastante dolorosas durante varias horas. Estuve controlándolas pero no eran regulares y durante la madrugada pararon y caí rendida en la cama.

Yo me frotaba ya las manos pensando que esas contracciones significaban que el momento estaba cerca (nada más lejos de la realidad).

Durante las siguientes semanas llegué a borrar el cuello y dilatar dos centímetros, pero no conseguía pasar de ahí…

El 25 de marzo salía de cuentas, y esa semana, el 27 de marzo, estando de 40+3, acudí a mi seguimiento habitual de los miércoles. Sabía que sí o sí quedaba poquito para ver la cara de mi niño, porque durante esas semanas ya habíamos hablado sobre la posibilidad de provocar el parto si en algún momento el niño sufría o si no conseguía ponerme de parto de manera natural. Por lo que esperaba que me diese un día tope de la semana siguiente para hacerlo. Pero cuando leí el informe de monitores vi que había algo nuevo, era un término médico, pero era algo así como “dinámica activa”. Cuando llegué a la consulta, la Doctora echó un vistazo al monitor que me había hecho por la mañana y me exploró. Cuando terminó sus palabras fueron: “Te voy a hacer una proposición, sigues igual de dilatación, pero estás teniendo contracciones cada vez más regulares aunque no muy fuertes, no estás de parto franco, pero te queda poco. Mañana vamos a estar todo mi equipo y yo en el hospital, te propongo que vengas a las 8 y empezamos a estimularte”

Mi cara era un cuadro, en serio, tonta de mí, aunque sabía que el momento estaba al caer, no me esperaba para nada que estuviera TAN CERCA. Hasta tal punto que también me ofreció la posibilidad de esperar hasta el 1 de abril (lunes y primer día en el que entraba en vigor la paternidad de 8 semanas).

Cuando conseguí reaccionar, me explicó que al no saber al cien por cien cuando me había quedado embarazada, mi fecha probable de parto no era muy fiable y no quería arriesgarse a dejar pasar demasiado tiempo  (os dejo el enlace por si no conoces mi historia). Además con la dinámica que tenía no era “provocar” el parto si no “estimular” ya que no partíamos de cero.

¡Ah, se me olvidaba!, ese día en el tacto, me hizo la maniobra de Hamilton, que para las que no lo sepan, es un método de inducción del parto que consiste en despegar con el dedo las membranas amnióticas de la pared del útero. Por lo que me avisó que independientemente de lo que decidiese podía ponerme de parto en cualquier momento.

Creo que por la cara que pusimos el Sr. Marido y yo entendió que nos habíamos quedado en shock y nos animó a que fuésemos a tomar un café y después le comunicásemos nuestra decisión. Y así lo hicimos, llamamos a nuestros padres, hablamos durante un buen rato, y decidimos hacerlo. Esperaríamos esa noche, y si no nos poníamos de parto, iríamos al hospital para empezar a estimular el parto. Una de las cosas que más nos hizo inclinar la balanza hacia esta decisión, fue el hecho de no saber exactamente cuándo habíamos concebido a nuestro hijo y no tener todos los datos como en un embarazo normal. Nos daba miedo estar de una semana más, aunque es cierto que la Doctora nos comentó que si decidíamos esperar nos vigilaría todos los días (incluso el fin de semana) con monitores para ver el estado del bebé.

Siempre tuve la ilusión de ponerme de parto, romper aguas, contar las contracciones y coger la maleta de madrugada para ir al hospital, etc… (Así me lo había imaginado siempre), pero no queríamos bajo ningún concepto poner en riesgo la salud de nuestro bebé. Y la verdad, es una decisión de la que no me arrepiento.

Nos cogimos de la mano, volvimos a la consulta y le comunicamos lo que habíamos decidido. Esa tarde nos fuimos a lavar el coche, nos hicimos unos espaguetis con tomate y vimos una peli. Aprovechamos nuestro último momentito de dos esperando con impaciencia que pasaran las horas para ser una familia de tres…

Miss Sara & Co